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miércoles, junio 21, 2023

EL VUELO 914 DE PAN AMERICAN

Existen muchas historias que jamás quedan del todo aclaradas; cuando estas corresponden a vuelos comerciales con pasajeros, que como en este caso desaparecen; el interrogante de saber que ocurrió, crece entre informes, investigaciones y noticias que muchas veces son falsas. Pero cuando el avión en cuestión aparece después de 37 años, en forma muy misteriosa y particular, las conjeturas son infinitas, y la verdad se esfuma e incluso desaparece para siempre, dejando un profundo e inexplicable misterio. 

F.B.




La historia publicada en el periódico La Nación de Argentina, dice así:

"Los relatos cuentan que la aeronave despegó, sin inconvenientes, el 2 de julio de 1955 desde el aeropuerto John F. Kennedy, en Nueva York, rumbo hacia la ciudad de Miami, allí mismo en los Estados Unidos. Sin embargo, minutos después de su salida, simplemente se perdió en los aires, señala la historia que, desde hace años, circula en portales, medios y redes sociales.

El vuelo de Pan American, que reposa entre la amplia lista de mitos de la aviación, estaba programado para tener una duración aproximada de tres horas. No obstante, con el paso de los días, se convirtieron en largos 37 años. O al menos esa es la historia que se contó en medios como, por ejemplo, Weekly World News.

Lo que parecía ser un accidente aéreo más, terminaría por dar un giro inesperado el 9 de septiembre de 1992, cuando Juan de la Corte, quien para esa época se dice era controlador de tráfico aéreo de la torre del aeropuerto internacional de ciudad de Caracas, Venezuela, notó la aparición de una aeronave que no estaba en el itinerario, según el medio citado anteriormente.

Este avión, un McDonnell Douglas DC 4, no era como el resto: dicen los portales que reseñaron la historia que, en vez de turbinas, funcionaba con hélices. Cuentan los relatos que la verdadera sorpresa llegó una vez que el piloto señaló que se trataba del vuelo 914 de Pan American, perdido hacía treinta y siete años.

De acuerdo con World News, una vez que el tripulante se enteró de que era el año 1992, despegó el avión con los pasajeros a bordo y desapareció nuevamente del radar sin dejar rastro".


Mi parte de esta historia es la siguiente:

Alguien, me llama a mi teléfono y dice lo siguiente:


—Hola señor, mi nombre es Guillermo, usted no me conoce, pero desearía poder hablar con usted, estaré unos días en Buenos Aires, y tengo algo para informarle con respecto al vuelo 914 desaparecido en 1955.


En ese momento, no tenía idea de ningún vuelo desaparecido y menos aún de ese año, como tampoco de alguien llamado Guillermo; pero cuando investigué ese mismo día la historia, me pareció digna de investigarla en profundidad y contarla. Entonces decidí llamar a este señor y quedamos en encontrarnos la semana siguiente. 

Recuerdo que cuando llegué al bar, eran las tres de la tarde y llovía torrencialmente, al cabo de unos instantes ingresó un hombre con paraguas y piloto, con una carpeta envuelta en un nailon color verde; el caballero no dudó y se dirigió a la mesa donde yo me encontraba, después de saludarnos, le pregunté: 


—Usted me dirá que tiene para decirme y por qué a mí, con respecto a ese vuelo , —este hombre con su voz de acento Venezolano me respondió con un rostro que demostraba muchísimo cansancio, su dentadura era muy blanca, la cual resaltaba en su tez morena—


—En primer lugar quiero decirle que solo puedo darle mi nombre, no mi apellido; he querido contactarme con usted porque quiero que esta historia se conozca tal cual fue, yo soy el único protagonista que tengo evidencia que respaldan lo que usted escuchará de mi boca, y lo he elegido a usted porque no confío en nadie. —Después de decir esto, aquel hombre que estimo tendría mi edad, comenzó a contarme esta historia, con voz pausada, y rostro serio.


—Yo he investigado mucho todo este acontecimiento, y poseo toda la documentación conseguida a lo largo de muchos años; debo decirle que mi primer contacto con este acontecimiento fue el 9 de Setiembre de 1992, yo era el compañero de trabajo de Juan de la Corte; los dos nos encontrábamos esa noche en la torre de control del aeropuerto internacional de Caracas, cuando después de darle pista al último de los vuelos de ese día, sucedió lo que jamás hubiéramos imaginado, cinco minutos después de que el último vuelo tocara pista, eran exactamente las 23,15 horas, Juan, sorprendido me dice que observaba en el radar un vuelo que se aproximaba al aeropuerto, cinco minutos después alguien solicita poder aterrizar, diciendo que se trataba del vuelo 914 de Panam; cuando consultamos los vuelos del día, no teníamos información de ese, y entonces comenzamos a solicitarle al comandante los datos para poder permitirle el aterrizaje. El capitán dijo que habían salido del aeropuerto John F. Kennedy a las 08, 05 AM, y que habían sufrido un desperfecto eléctrico el cual había durado sólo seis minutos, pero no les ocasionó ningún problema. 

Después de decir eso, nos preguntó el motivo por el cual observaban tanta oscuridad, incluso veían las luces de pista encendidas, siendo las 11,15 AM. Esto último, nos perturbó, porque algo grave no coincidía con los horarios. Cuando le dijimos que eran las 23,20 horas, el capitán no respondió por unos instantes para después preguntar algo que no podíamos creer, dijo:


—¿Estoy hablando con la torre de control del aeropuerto de Miami?.


Cuando le informamos que no, que estaba en el aeropuerto de Caracas, dijo:


—No es posible, yo nunca salí de mi ruta. 


—Todavía faltaba el desenlace de todo aquello; cuando el capitán de aquella aeronave que había salido de la nada nos preguntó. 


—¿Qué día es hoy?


—9 de septiembre —le respondimos—


—¡No puede ser! —dijo con voz angustiada —, 


—¿de qué año? —con mi compañero al escuchar esta pregunta, no entendíamos qué estaba ocurriendo, cuando le dijimos el año 1992, ese hombre gritó —


—¡Eso es imposible!, yo acabo de salir del aeropuerto Kennedy hace solo 3 horas…hoy es el 2 de julio de 1955.


Ante esta información, Juan tapando con su mano el micrófono me miró y me dijo:


—este hombre puede estar con un grave problema mental, y no está en condiciones de volar, me preocupan los pasajeros, 


Entonces decidimos preguntarle que tipo de avión era y cuántos pasajeros venían a bordo, cuando nos dijo que era un McDonnell Douglas DC 4, con 82 pasajeros, quedamos petrificados, y entonces decidimos decirle que solo se concentre en el aterrizaje, después, le dimos la pista y comenzó todo el protocolo de descenso; también dimos la alerta a bomberos como aterrizaje irregular, y esto activó todo el protocolo de emergencia. Cuando pudimos ver sus luces a simple vista, el micrófono del avión quedó abierto y pudimos escuchar una fuerte discusión del capitán con su copiloto, acusándose mutuamente de ser irresponsables, pero luego todo quedó en silencio. 

Después de tres minutos, el avión estaba tocando pista, y al pasar frente a nosotros pudimos escuchar y ver sus inconfundibles motores a hélice.


En ese momento de la conversación decidí interrumpirlo, porque ni siquiera había probado su café que ya estaría frío; se disculpó, y me dijo que toda esa historia lo atormentaba hasta el presente. Le pedí al mozo que calentará el café y aquel serio hombre continuó con su relato. 


—Cuando el avión se detuvo, solo le quedaba colocarse en la posición designada que era las tres; pero ocurrió otro acontecimiento; en lugar de maniobrar para quedar detenido allí, pasó de largo. Al querer contactar nuevamente al comandante, lo hicimos varias veces, nunca más nos respondió; e hizo lo que nosotros denominamos una falta muy grave, desobedeció una orden de la autoridad máxima de todas las maniobras en pista, que en ese momento éramos nosotros,  siendo el castigo, perder para siempre la credencial como piloto. Se encaminó nuevamente a la cabecera, se alineó de frente a la pista, y ante nuestros ojos, sin poder hacer otra cosa que reiterar que detenga su marcha; aceleró sus motores y despegó nuevamente. El radar nos indicaba que no había otro avión próximo que pudiera estar comprometido, después viró rumbo noreste, continuó en línea recta hasta perderse de nuestro radar.

—Después de contar toda esa experiencia el hombre se quedó callado con su vista perdida como si continuara frente al monitor de aquel radar—.

Lo noté consternado y le dije si se sentía bien, a lo que me asintió con su cabeza, después pudimos tomar otros dos café; afuera la lluvia continuaba siendo muy fuerte, y aquel bar, solo estábamos nosotros y una pareja de jóvenes en el otro extremo. Yo pensé que esta historia había concluido, pero lejos de eso, lo que me siguió contando este señor era más interesante que lo dicho hasta ese momento. 


—Cuando todo lo vivido aquella noche terminó, hicimos un informe detallado de lo ocurrido y lo dejamos sobre el escritorio del director. Al día siguiente cuando nos presentamos a trabajar, el director nos citó en su oficina para decirnos algo que no esperábamos; nos dijo que lo ocurrido con ese vuelo, debería quedar en secreto, teníamos que hacer de cuenta que esa noche nada había ocurrido y que debíamos hacer un nuevo informe. Después de decir esto frente a nosotros rompió el informe verdadero. Cuando le preguntamos el porqué, solo nos dijo, que debíamos por nuestro bien, olvidar lo ocurrido aquella noche, y que no podía darnos más explicaciones. Con Juan quedamos muy sorprendidos, yo pensé hacerle caso al director y olvidarme de todo aquello, pero mi compañero no pudo contener su curiosidad y me dijo que él iba a seguir investigando, lamentablemente fue una muy mala elección. 


Cuando este señor comenzaba a darme esos detalles, sus mano izquierda empezó a temblar muy levemente y su rostro pasó de la seriedad a la angustia. Pedí otros dos cafés, y  presentí que la reunión se prolongaría hasta la noche, aquel hombre frente a mi, cuando me decía esto, apoyaba su mano derecha sobre aquella carpeta verde, como si todo aquello que me develaba estuviera respaldado por el contenido de la misma, Continuó diciendo:


—Después de dos años de aquella extraña noche, mi compañero me pide que nos reunamos en su departamento, porque quería mostrarme algo. Cuando nos juntamos Juan estaba solo, al preguntarle por su familia me dijo que todo había terminado, esto me extrañó porque algunas veces nos habíamos reunido para festejar algún cumpleaños y siempre me pareció que constituía junto a su señora y sus dos pequeños hijos, una familia perfecta. Después de tomar algo, me hizo pasar a una habitación y lo que allí vi, me sorprendió. Sobre todas las paredes se observaba, recortes de periódicos, fotografías de personas, papeles con direcciones, números telefónicos, y varias fotos del inconfundible avión McDonnell Douglas; también había dos escritorios, con muchos libros, una computadora, y apuntes; en  un pizarrón se observaba un  mapamundi desplegado con decenas de pequeños banderines de colores sujetos con alfileres. Cuando le pregunté qué era todo aquello, más allá de inquietarme su respuesta, me preocupó el brillo de sus ojos, de inmediato entendí que aquel viejo acontecimiento lo había atrapado, y por algún motivo estaba envuelto en algo muy siniestro, que incluso le hizo perder a su bella familia. 

Empezó diciendo que él había continuado investigando ese hecho, y que había llegado al fondo del asunto, además me dijo que yo era el único testigo más próximo, y juntos teníamos la responsabilidad de que todo se conociera, porque algo así no podía quedar en las sombras. Yo tenía deseos de decirle que toda esa historia no me interesaba, y que preferiría no saber, ni tener que ver nada con todo aquello, pero me pareció muy descortés decir algo así, por lo cual decidí escucharlo. La verdad hoy, no estoy muy seguro de haber hecho lo correcto. 


Cuando escuché esto por parte de este hombre al que no conocía, me preocupé, y pensé si mejor no sería, finalizar con esa reunión y retirarme de allí. Pero lamentablemente soy curioso y le permití continuar. Como si me leyera el pensamiento me dijo:


—Antes de continuar quiero preguntarle si usted quiere conocer los detalles de esta historia, porque involucran a instituciones de Estados Unidos, y de otros países, también a personas muy influyentes y de mucho poder, que bajo ningún concepto desean que esto se sepa. —aquel hombre se quedó callado, mirándome a los ojos, esperando mi respuesta—


Después de pensarlo, le pedí que continuara. 


—Bien, cuando Juan comenzó a contarme todo aquello, al principio me pareció una historia demasiado intrincada e irreal, pero a medida que me explicaba el contenido de sus archivos, todo comenzó a tener una trama posible.

La historia comenzó en el año 1954 en un centro de investigación científica en Estados Unidos, se quiso investigar el motivo de la desapariciones de barcos y aviones en el triángulo de las bermudas; se comenzó a trabajar con una hipótesis que si a un objeto determinado se lo sometía a un gran campo de fuerzas magnético, dicho objeto podría desaparecer pero estar al mismo tiempo en otro lugar. Todo esto no daba resultados positivos, hasta el día que se quiso hacer el experimento con un avión en vuelo.

Este experimento se realizó  con un avión sin pasajeros piloteado por dos militares; una especie de cañón, dispararía una fuerte carga magnética que impactaría en la nave, cuando pasara por unas coordenadas preestablecidas. El día de la prueba un grosero error cambió todo; el avión al que se lo sometió al experimento fue un McDonnell Douglas DC 4, con 82 pasajeros, en lugar del avión de prueba que pasó minutos más tarde. 

Cuando Juan me transmitía con lujo de detalles toda aquella información, comencé a pensar que me estaba involucrando en un asunto peligroso. Le puedo decir que lamentablemente no estaba equivocado. 

Cuando mi compañero terminó de detallarme todo, observé en su cara una sensación de alivio, quizás por haber compartido todo aquello con alguien. Después de ese día, mi compañero me envió una carta que contenía la llave de su departamento y decía esto:


"Estimado amigo, te dejo toda esta investigación en tus manos, tu sabrás que hacer, y a quién acudir, pero si por algún motivo, deseas ocultar y olvidar todo esto, estás en tu derecho, yo no te reprochare nada. Por mi parte trataré de salvar mi matrimonio y poder reencontrarme con mi familia". 


A estas alturas de la conversación observaba que aún faltaba el desenlace de esta historia, y le pregunté a este hombre, que ocurrió con ese vuelo, al que se lo interceptó con esa carga magnética, y esto me dijo:


—Cuando el avión McDonnell Douglas DC 4, con 82 pasajeros a bordo fue interceptado, desapareció; pero no definitivamente, aparentemente ese mismo vuelo es registrado en decenas de aeropuertos en todo el mundo, siempre con la metodología que mi compañero y yo experimentamos esa noche. Personalmente continué investigando sobre todo este experimento y pude comprobar que se pudo observar esto en los siguientes aeropuertos, desde el año 1955 a la fecha.


Aeropuerto de Londres-Heathrow

Aeropuerto Internacional de Estambul

Aeropuerto Internacional de Taiwán Taoyuan.

Aeropuerto Internacional Suvarnabhumi.

Aeropuerto Internacional de Singapur

Aeropuerto Internacional Benito Juárez.

Aeropuerto Internacional de Kuala Lumpur.

Aeropuerto Internacional de Pekín-Capital.

Aeropuerto Internacional Indira Gandhi.


Y la lista sigue; en más de doscientos aeropuertos internacionales de todo el mundo he podido constatar no oficialmente, que un acontecimiento como el que mi compañero y yo experimentamos ocurrió tal cual lo vivimos. Es decir que esta aeronave con su tripulación se encuentra atrapada en un espacio tiempo, imposible de comprender. 


Después de que ese hombre quedara callado, le pregunté, cuál era el motivo por el cual, toda esta información alguien no quería que salga a la luz, y entonces con su rostro distendido me dijo:


—Desde el punto de vista legal, el avión con su tripulación se encuentra en un estado de desaparición que no es lo mismo que ser afectado por un experimento. Para la primera de las  hipótesis nada se puede hacer si el mismo no aparece, pero si se comprobara que fue por causa de un experimento fallido, alguien debería ser considerado responsable. 


Le pregunté cómo pudo conseguir esa información extraoficial en tantos aeropuertos en tantos lugares distantes del mundo, y me respondió esto:


—En la jerga de la aeronáutica este hecho es muy conocido, pero del mismo nadie quiere hablar porque teme ser despedido, con solo preguntar por el "vuelo 914" de inmediato se entiende de qué se está hablando, y alguien sin dar su nombre menciona con quien hay que hablar para saber más, y entonces esa persona, fuera de su ámbito laboral cuenta con lujo de detalles, el hecho, el cual, siempre ocurre de la misma forma, y en el mismo horario, después del último vuelo del día. 

Debe decirle además, que tengo un amigo que es director de un importante centro de investigación científica ubicado en California, que me ha dicho que hace unos tres años, se está trabajando intensamente en buscar una solución para rescatar a este vuelo y sus pasajeros; las investigaciones se están haciendo con inteligencia artificial y ya han logrado avances muy alentadores, pero lo complejo es estar con el avión durante una de estas ventanas que permiten que el vuelo se materialice para poder someterlo a un bombardeo de rayos magnéticos. —después de decirme todo aquello, este señor me entregó esa carpeta— , la cual poseía copias  de una serie de documentos oficiales ultrasecretos, que certifican que el vuelo 914 sufrió un golpe magnético por error, proveniente de un experimento y que había quedado atrapado en un tiempo espacio y solo se lo podía ver en intervalos de tiempo muy cortos.

Cuando nos despedimos, este hombre era otro, se lo observaba cordial y distendido, no quiso darme su teléfono porque no deseaba saber nada más sobre toda esta historia. Solo quería si fuera posible olvidarla.  

Aún tengo en mi poder esa carpeta, pero ahora que he contado todo esto, pienso que esta historia ya no me pertenece…por esto pienso quemarla, quizás hoy mismo.



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lunes, octubre 17, 2022

PSICOANÁLISIS

 El siglo XX nos ha brindado muchísimos avances en ciencia y medicina, un influyente pensador de esa época, Sigmund Freud, crea uno de los tratamientos más controvertidos en los que muchos aún no están tan de acuerdo en sus formas y resultados, el psicoanálisis. Aquellos que lo hemos experimentado algo podemos decir, sin querer dar una clase al respecto; solo me interesa poner luz en forma muy simple de esta experiencia. En primer lugar debo decir que dicho tratamiento se crea para corregir trastornos mentales, tal vez este sea el principal motivo de las controvertidas opiniones de los profesionales que trabajan en las enfermedades referentes a nuestro cerebro. Para decirlo en términos sencillos, el cerebro humano es el único órgano de nuestro cuerpo que se estudia e investiga a sí mismo, ni más ni menos. Esto abre un enorme abanico de posibilidades entre dos preguntas extremas, la primera, que entendemos por cerebro normal y la segunda cuando lo consideramos anormal.
Para ir al punto, cuando yo me psicoanalizaba nunca estuve muy seguro si me encontraba: muy loco, algo loco, o muy poco. Quiero ejemplificar con esto que determinar el grado de una enfermedad mental, no es tan simple como podemos suponer. Y también agrego: que es muy difícil decir con absoluta convicción quien es cuerdo ciento por ciento. 
Dicho esto, una de las cuestiones que debemos entender, es que todos los seres humanos, cargamos quizás de por vida con una mochila invisible que puede llegar según su peso a no permitirnos avanzar hacia lo que podemos denominar una vida saludable. El psicoanálisis nos permite visualizar esa mochila que contiene viejas piedras, y de este modo podemos sacarlas a la luz; o mejor dicho a la superficie de nuestro inconsciente. 
Hecho esto, nos enfrentamos a tres opciones: arrojarlas muy lejos, dejarlas a un lado del camino, o no arriesgarnos, y continuar nuestras vidas llevándolas encima. 
A estas opciones se enfrentó Miguel, el protagonista de esta historia que les contaré.

Enfrentar los días lunes en la fábrica le resultaba a Miguel una angustiosa sensación que no podía superar, principalmente por no poder afrontar el problema con su jefe al que no podía soportar, no existía un solo día en el que este hombre le recriminara alguna falta. Aunque se esforzaba por cumplir hasta el mínimo detalle de las órdenes de trabajo, siempre su jefe encontraba algo que no consideraba bien ejecutado, todos los días, quince minutos antes del fin de la jornada, llamaba a Miguel para observarle de mal modo esas fallas.


Pero esas fallas eran en su mayoría tonterías, en una oportunidad como no tuvo nada para llamarle la atención, le dijo que debía mejorar la forma en la redacción de sus informes, porque no eran claros sumado a que su letra debería ser más grande, no tan pequeña. 
Miguel ya no toleraba esta situación, sus compañeros le decían que solo con él era ese encono; pero para Miguel el problema estaba en él no en su jefe; seguramente su problema de atención y concentración no le permitían hacer nada bien, su mente se bloqueaba cuando enfrentaba las órdenes de trabajo, y esto empeoraba su situación. 
El jefe de Miguel tenía cuarenta y nueve años, se llamaba Honorio, su matrimonio cumplía veinte años pero en los últimos cinco la relación con su esposa era muy mala, ella le recriminaba no haber ascendido a ese puesto que perdió según ella por tonto y poco audaz, sus dos hijas adolescentes lo torturaban con pedidos imposibles de poder cumplir, desde viajes exóticos hasta automóviles de alta gama; los fines de semana su esposa y sus hijas, siempre armaban alguna salida con amigas…y amigos, en donde él no era invitado obviamente; su frustración de no poder consolidar una familia en armonía, la descargaba en el trabajo con el único subordinado al que no le temía, ese operario era Miguel.
La esposa de Miguel comprendía que su compañero tenía un problema y debía resolverlo, los viernes Miguel llegaba a su hogar destrozado moralmente y no tenía deseos de hacer nada, ni siquiera de distraerse, salir a pasear, o charlar; esta situación se agravaba con el pasar de los días. 
Por fin, su esposa Laura lo convenció a que comenzara un tratamiento psicológico.
En la primera reunión con el profesional para Miguel no ocurrió nada de importancia, salvo que recordó muchísimos momentos de su vida, de su niñez, de su padre; y especialmente ese día en que su padre le recrimina no haber realizado esa tarea que a él no le gustaba. La tarea consistía en juntar los huevos del gallinero; para Miguel niño, esto significaba una tortura, odiaba a esas gallinas, su olor le producía náuseas, sumado a que una vez, un gallo lo picó en su mano, y la infección le provocó un serio riesgo de perderla. Después de este episodio pensó que su padre no le volvería a dar esta tarea, pero ocurrió todo lo contrario, cuando se curó, su padre, viejo hombre de campo, le dijo que si no podía controlar un simple gallinero, menos aún cuidar del ganado y realizar las demás tareas del campo familiar. 

Tal vez esta fue una de las primeras piedras que Miguel cargaba sin saberlo, en esa mochila invisible que es nuestro inconsciente. 



El jefe de Miguel continuaba con su vida, golpeado y despreciado por su esposa y sus hijas. En una oportunidad, llegó más temprano a su casa y pudo ver lo que presentía y no quería admitir, se negaba a aceptarlo.


Un auto se detuvo en la puerta de su casa y vio cómo su esposa despedía con un beso a un hombre. A pesar de ver esto, no habló al respecto con su mujer, al contrario, pensó que podía reconquistarla.

Poco a poco este hombre fue destrozado emocionalmente y su autoestima estaba por el piso, la falta de respeto de sus hijas para con él y el desamor explícito de su mujer lo habían convertido en un objeto de adorno. Cuando proponía o decía algo, ni siquiera le contestaban o se mofaban descaradamente. 



En las sesiones siguientes de Miguel con su psicólogo pudo seguir trabajando esa relación con su padre; sin ayuda, llegó a la conclusión que su progenitor era un hombre bueno pero con poca cultura, sumado que él era su único hijo; todo esto provocó una  exigencia cotidiana demasiado fuerte para un niño; su padre consideraba erróneamente que lo ayudaba para su futuro; pero ese futuro era el que imaginaba él, no Miguel. Esta desafortunada relación entre padre e hijo, no terminó bien. Cuando Miguel se convirtió en un adolescente se desentendió de la empresa familiar y buscó su futuro lejos de su padre.



Pareciera que Miguel, decidió dejar esa piedra de su vida a un lado del camino, porque era muy pesada para arrojarla lejos, esto significa que la piedra se sabe dónde quedó, pero seguramente jamás desaparece.


Deberemos estar atentos para que la misma, no nos persiga por siempre. 

La situación en el trabajo de Miguel con su jefe, no había mejorado, pero al menos cuando llegaba a su casa, disfrutaba más distendido esos momentos familiares, su esposa lo notaba más animado, y el tema de conversación recurrente de su jefe parecía haber desaparecido. 


Ese verano junto a su esposa, fueron a visitar a sus padres al campo, la idea surgió de Laura, a pesar que Miguel se sentía muy mal en aquel lugar, en donde la figura de su padre aún lo castigaba como cuando era un niño.
En el reencuentro con su familia Miguel notó algo distinto, vio a sus padres, muy viejos, tanto, que sintió que ese reencuentro también podía llegar a ser el último. Después del almuerzo, el día estaba agradable para caminar y le dijo a su padre si lo quería acompañar; este aceptó, y así fue esa charla postergada por largos años.

—¿Cómo estás papá?  —le dijo Miguel a su padre, mirándolo a los ojos, no tan amenazantes como antes, hoy era un hombre mayor con boina y anteojos, de caminar pausado y conversación franca—



—Estoy viejo hijo, a pesar de querer seguir adelante con este campo, hoy las cosas no me están yendo bien, mis años me pesan y la tecnología me ha superado, tendría que estudiar, pero a mi edad, ya no tengo ganas. Me viene bien que hablemos porque hace rato que te quiero decir, que este campo que no es muy grande, solo es posible trabajarlo agregándole tecnología modernas, máquinas, nuevos sistemas de siembras, rotación de cultivos y descanso de la tierra, tenes que ser un químico en agricultura. Por eso te recomiendo que cuando lo quieras explotar tal vez te convenga no complicarte y alquilarlo, de ese modo obtendrás una renta fija y segura. Pensalo hijo, porque yo seguramente ya no estaré para aconsejarte. —Después de decir esto, el padre de Miguel se quedó con su mirada fija, en el horizonte, en su tierra, que siempre fue su vida—, Miguel comprendió esa nostalgia de un hombre rústico al que no todo le resultó como soñaba, y entonces, lo tomó del brazo, y le dijo:


—Perdoname viejo por no haber sido el hijo que querías —¡qué decís Miguel, estás loco!, todo esto es tuyo, sea poco o mucho, pero es tuyo, y se bien que sos inteligente para cuidarlo; el que tienes que perdonarme sos vos por haber sido un padre cascarrabias. —después que el padre de Miguel le dijo esto, ambos se abrazaron y lloraron como lloran los hombres, por una falta que se reparó tarde, pero siempre, mejor es tarde que nunca—.
Los días que siguieron en familia fueron inolvidables, con la chata del padre de Miguel recorrieron todos los potreros, y disfrutaron esos días como debe disfrutar un padre con su hijo.
El último día, Miguel realizó la última tarea, tomó un balde y fue al gallinero, entró, y uno a uno tomó los huevos, limpiandolos con sus manos, entre el olor y los cacareos, incluso un gallo se quedó mirándolo, quizás con respeto; cuando terminó, se dio cuenta que ese día había dejado su pesada piedra de niño, muy lejos en el camino.
Pero aún restaba algo más, así es, ese mismo lunes de regreso de sus vacaciones hablaría con su jefe.

El jefe de Miguel sumaba a su desafortunada vida familiar el mal concepto que había ganado entre sus subalternos, que lo tildaban de alcahuete trepador e ineficiente. En una oportunidad alguien colocó un enorme cartel en el comedor a la vista de todos los empleados que decía: "El que sabe sabe y el que no es jefe, como Honorio". El superior a Honorio le advirtió que debía tomar medidas drásticas para evitar estas demostraciones que socavaban su autoridad; pero a Honorio ya le habían perdido el respeto, llegando a discutirle sus órdenes; el único que acataba todo lo que decía al pie de la letra era Miguel, y a pesar de eso lo seguía mortificado.


Ese lunes Miguel se dirigió a la oficina de su jefe, pidió hablar con él y esto sucedió:
—Señor Honorio, tengo que decirle que usted, tal vez sin saberlo, me provoca un estado de ánimo adverso, que me impide continuar bajo sus órdenes, por lo cual le solicito que me transfiera a otra sección para de ese modo no tener que renunciar. —Miguel le dijo esto a su jefe, de pie frente al escritorio de ese hombre que ni siquiera lo miraba—, cuando Miguel terminó de decir esto, su jefe cerró la una carpeta que leía y le respondió, mirando por la ventana del despacho:
—Bajo ningún concepto usted será transferido a otra sección, si no puede con sus obligaciones aquí, entonces renuncie a la empresa.
—Pero señor —le dijo Miguel, con voz suplicante— yo tengo una familia que mantener, quedarme en la calle me arruinaría, no creo merecer tanto castigo. 
—A mi no me interesa ni usted y menos aún su familia, es su responsabilidad no la mía —le respondió ese hombre insensible— 
Miguel en un primer momento agachó la cabeza y se iba a retirar, cuando algo en su interior se reveló con una potencia inusual, y entonces con voz firme le dijo a su jefe:
—Sabe una cosa, usted es una mala persona, incapaz, trepador y alcahuete, no merece mi respeto, usted ha tratado de arruinarme la vida pero curiosamente me ha salvado, si, me ha permitido salir de este círculo vicioso en el que estaba atrapado. Mis compañeros tienen mucha razón, usted es despreciable como persona, como jefe y como hombre, sumado a que ocupa un cargo que le queda grande, todo aquí funciona por la capacidad de años de sus subordinados, no por usted que ni siquiera sabe cambiar una lámpara. Por todo eso me alegra irme de esta empresa, que solo beneficia a los incapaces como usted. No le pego un sopapo porque la verdad, me da lástima, y no quiero lastimarlo. —Cuando Miguel salió de allí, detrás de la puerta estaba un superior de su jefe que escuchó todo ese acalorado discurso, que si no se corre, Miguel por poco lo tira al suelo.

Nuestras relaciones suelen ser conflictivas y algunas situaciones nos pueden perjudicar por el hecho de perder los estribos, esto es lo que le ocurrió a Miguel. Cuando llegó a su casa contó el episodio pero en lugar de estar preocupado por su destino, sintió un enorme alivio y una sensación de confianza en sí mismo, su esposa, le dijo que juntos podrían enfrentar lo que fuera. Después de meditar diversos caminos a seguir, a Miguel se le ocurrió que llamaría a su padre, para contarle y ver si aún quedaba un espacio en el campo para él y su esposa. 



—Hola viejo, mira, me despidieron del trabajo y estaba pensando si podía trabajar con vos, no sé mucho de campo pero puedo aprender, estoy dispuesto a hacer lo que necesites. —el padre de Miguel cuando escuchó estas palabras de su único hijo, no podía contestarle de la emoción, pero al fin pudo decir—


—Aquí hijo, en esta humilde casa siempre está y estará tu lugar, tu techo y tu comida, quizás no sea grande, pero quiero que sepas que siempre el espacio en el corazón de tus padres es infinito, te esperamos hijo.

Es muy curioso cómo las cosas en nuestra vida toman rumbos inesperados, los miedos, las preocupaciones, las dudas, los desencuentros; y un buen día todo se alinea y pareciera que debía ocurrir algo para que ocurra lo contrario, o aquello que considerábamos imposible, se convierte en posible. Los caminos que elegimos transitar, nos pueden llevar a lugares impensados.



El campo del padre de Miguel, no era grande y se encontraba bastante descuidado, alambrados rotos, equipos obsoletos, riegos en desuso, galpones con techos rotos. Pero Miguel y su esposa, no se amedrentaron y comenzaron por hacer algo que siempre dio y dará buenos resultados, trabajar. Poco a poco todo aquello comenzó a quedar prolijo y limpio con una quinta que producía unas excelentes verduras, y un potrero de naranjos, y lo más curioso fue cuando ambos comenzaron a estudiar alguna otra producción agropecuaria acorde con el tamaño del campo. Increíblemente se decidieron por producir, justamente huevos, ¡miles de ellos!, el padre de Miguel, disfrutó junto a su hijo observar la construcción de un gallinero para ciento de gallinas ponedoras. 



El destino de Honorio no fue como el de Miguel, a él lo echaron de la empresa, se separó de su mujer, y no volvió a ver a sus hijas. Por su edad, solo encontró trabajo de chófer en una remiseria de un tío que también le alquiló una pieza.


Yo siempre pienso que a la buena suerte hay que ayudarla, y si sabemos sembrar, siempre cosecharemos buenos frutos.

FIN



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viernes, octubre 07, 2022

TODA UNA VIDA EN UN SOLO INVIERNO


Esto que les contaré le ocurrió a un buen hombre, jubilado, ex leñador, que se llamaba Jorge; su entretenimiento principal era charlar y escuchar música clásica con el único y mejor amigo de toda la vida, su perro, un San Bernardo llamado gigante, que lo escuchaba hablar solo, y disfrutar ambos del calor de una vieja salamandra, cuando en aquellas noches del sur, la nieve caía copiosamente sobre el techo de su pequeña cabaña. 


Ser un ermitaño es una condición que algunos eligen como estilo de vida, no está mal ni bien, ¿a quien le puede interesar cómo vive un desconocido?. Cada cual posee su gusto, y puede vivir de la forma que quiera, no está escrito en ningún lado cómo se debe vivir. En el pueblo Jorge era considerado un extraño viejo ermitaño, esa distinción se la había ganado a lo largo de los treinta años en que desembarcó en aquella comunidad, a pesar de algunos vecinos que en dos ocasiones lo invitaron a la fiesta por la celebración del comienzo de la temporada de pesca y por el día de la primavera, nadie más intentó persuadirlo; cuando llegaba al almacén de ramos generales en su vieja camioneta, gigante se quedaba de custodia en la caja y recibía las caricias de todos los chicos presentes, moviendo su cola pausadamente; no faltó quien sentenció que el perro era más simpático que su dueño. 

Después de hacer las compras y dejar todas las provisiones en la caja de su camioneta, Jorge pasaba por el correo para retirar un paquete de forma extraña que nadie podía identificar que contenía. El encargado del correo era un joven que no intercambiaba palabra con Jorge más allá de lo indispensable para la transacción comercial, no obstante,  le interrogaba mucho esos paquetes cuadrados, chatos y livianos que Jorge todos los principio de mes retiraba con su cara incorregiblemente seria, en una oportunidad el paquete fue más grueso de lo común y más pesado; fue motivo de comentario en el pueblo, incluso el peluquero que por su actividad tenía la posibilidad de un acercamiento y una pequeña charla con Jorge, no lo logró, a pesar de saber vida y milagro de todos, Jorge consistía para él un valla de piedra infranqueable, en esas sesiones de corte, el silencio era doloroso. 


—¿Cómo desea que le corte, señor Jorge? —le decía el peluquero mirándolo por el espejo, esperando alguna vez al menos una pequeña referencia a otro tema, como la nieve, la leña, cualquier cosa, pero no, la respuesta era concisa y simple—


—Como siempre. —eso era lo único que decía Jorge, durante todo el servicio…y al final:


—¿Cuánto le debo? —allí terminaba toda la relación comercial de Jorge con su peluquero—.


Unos días antes de comenzar el invierno Jorge fue al pueblo para provisionarse, porque con las nevadas podía ocurrir que el camino desde su casa, se convirtiera en intransitable, por lo cual era conveniente tener todo lo necesario, fundamentalmente lo referido a comestibles, sin descuidar lo obvio que era tener la leñera completa, esta última cuestión podría definir la vida o la muerte de una persona en estos lugares inhóspitos.

Después de realizar todas las compras, solo le restaba retirar su encomienda en el local de correos, pero allí algo había cambiado: en lugar de atenderlo el joven de siempre había en su lugar una mujer.


—Buenos días señor, ¿qué deseaba? —le dijo muy amablemente esa señora que a primera vista parecía más joven que él, pero esos ojos claros dejaron al solterón y taciturno Jorge descolocado, tanto que había olvidado a lo que venía—.


Se quedó allí parado mirando a esa señora detrás del mostrador, que al ver que Jorge no decía nada, le repitió la pregunta algo preocupada:


—¿Lo puedo ayudar en algo?, yo soy nueva en el pueblo y no conozco las costumbres de aquí, mi sobrino tuvo que viajar a Buenos Aires y yo atenderé el negocio durante este mes.


Jorge, reaccionó de su asombro, y con cierta dificultad dijo:


—-Solo vengo a buscar mis discos… mejor dicho mi encomienda a nombre de Jorge.


La señora se desplazó desde el mostrador a la estantería de las encomiendas y al quedar a la vista de Jorge, este comprobó que la mujer se movía en silla de ruedas. El paquete de jorge se encontraba a una altura de la estantería que la señora era imposible alcanzar, al interpretar esto Jorge se apresuró a tomarlo y entregarlo a la señora, la cual con una amplia sonrisa le dijo:


—No son míos sus discos, son suyos. —extendiendo su brazo para que Jorge los tomara, con esa sonrisa que perturbó a aquel hombre maduro—.


Jorge agarró el paquete, y sin decir palabra, salió del local como si hubiera cometido la peor torpeza de su vida. Cuando se sentó en su camioneta junto a su perro, Jorge se quedó allí inmóvil, sin saber qué hacer, jamás le había pasado algo así con una mujer. De pronto, se dio cuenta que no había pagado el servicio de encomienda, tenía que regresar allí y enfrentar su desafortunada actitud, pero otra cosa no podía hacer, porque de lo contrario esa amable señora lo tomaría por un loco, o un ladronzuelo. Cuando se decidió, encaró hacia el local y al abrir la puerta la señora lo recibió con esos ojos y esa sonrisa que a Jorge lo dejaba mudo e indefenso. 


—¿Se ha olvidado algo Jorge?, discúlpeme por no presentarme antes, yo me llamo Adriana. —en tanto le decía esto esa mujer, se acercó en su silla de ruedas y le extendió su mano— 

Después de retribuir el saludo, Jorge le explicó que se había olvidado de pagar, entonces la señora Adriana le dijo que pensaba que ya estaba pago y agregó:


—No creo que usted sea un ladrón, no me parece —y una vez más esos ojos luminosos y claros terminaron de perturbar a ese viejo solitario, magullado por la soledad, al que nadie podía arrancarle una sola palabra—


—En verdad, últimamente me olvido de las cosas— después de decir esto Jorge pensó que había dicho una estupidez, pero ya lo había dicho—.


—Quien no se olvida de algo, a mi me sucede todos los días—le respondió Adriana con seriedad a Jorge —, cuando enseñaba en el conservatorio de música en una oportunidad que se festejaba fin de año, organizamos un festival, y yo tenía que interpretar una pieza para piano; no me va a creer, me quedé tildada con mi mente en blanco y no pude hacerlo, no pude.


Cuando Jorge escuchó lo dicho por Adriana se sorprendió gratamente de la habilidad de ser pianista, y tuvo un motivo perfecto para continuar con la charla.


—¿Qué tema? —le preguntó Jorge más calmado, sintiéndose en su terreno predilecto—. 


—Claro de luna— le respondió Adriana mirándolo a los ojos.


—Qué tema famoso, sin duda los temas para piano de Beethoven a mi me encantan, son obras magistrales —le dijo Jorge a Adriana, a lo que ella le preguntó:


—¿le gusta a usted la música Jorge?.


—Sí, la música clásica es parte inseparable de mi vida, de joven soñaba ser pianista como usted, pero mis padres no podían pagarme un conservatorio y menos aún comprarme un piano; por lo cual opté por adquirir el mejor tocadiscos que pude, que aún conservo, y colecciono discos de pasta, poseo una colección que me enorgullece— cuando Jorge le dijo esto a Adriana, esta lo miró sin decir una palabra, porque había quedado sorprendida; no se imaginaba que ese hombre alto, de barba espesa, con apariencia de leñador, tuviera oído y gusto por la música clásica, su pasión de toda la vida—.

La charla se prolongó varias horas, hasta que el ladrido de gigante, reclamaba atención, era su hora de comer y aún estaban lejos de casa.


En el trayecto a la cabaña que duraba aproximadamente media hora si el camino estaba bien, Jorge lo realizó como si flotara en una nube, su perro apoyando su enorme cabeza sobre su pierna lo volvía a la realidad. Cuando llegaron, su distracción continuaba, gigante necesitó ladrar varias veces, para que su amo le sirviera su alimento. Recién entrada la noche, Jorge comenzó a tomar conciencia que esa mujer en silla de ruedas, pianista, de sonrisa dulce, lograba atraerlo mucho más que su música. 

A la mañana siguiente Jorge comenzó a pergeñar de qué modo podía encontrar una excusa para tener que ir nuevamente al local de correos; se le ocurrió enviar una carta a un primo que ni siquiera sabía si aún vivía. También se preocupó al verse en su pequeño espejo, y comprobar que su aspecto era demasiado rústico, antes de conocer a esa mujer esto ni siquiera le preocupaba en lo más mínimo, pero ahora todo había cambiado. Se quitó toda la barba, buscó su mejor ropa, y se puso a zurcir lo mejor que pudo un viejo pullover atacado por la polilla, después de revolver todos los cajones encontró un agua perfumada que aún mantenía su fragancia, como no poseía un espejo grande se paró sobre un banco y se observó en el reflejo de una ventana, quedó conforme observando solo esa figura difusa que correspondía a su persona. Su perro lo miraba recostado desde un rincón quizás pensando que algo raro le pasaba a su amo. Por último Jorge buscó entre sus cientos de discos y extrajo uno de ellos.

En el trayecto al pueblo, no estaba muy seguro de que hablaría al reencontrarse con Adriana, pero algo se le ocurriría. 

Cuando entró al local, allí estaba Adriana, para él, más linda que el día anterior. Adriana no pudo dejar de observar el asombroso cambio de aspecto de Jorge, pero no le pareció correcto expresarlo, trató de tomarlo con normalidad, pero cuando a una mujer le atrae un hombro nada pasa a ser normal. Adriana no se imaginaba que aquel hombre, que había aparecido en su vida de la nada, también sentía por ella, una mujer en silla de ruedas, una atracción tal, que se comportaba como un adolescente. 

La discapacidad de Adriana producto de un lamentable accidente cuando era muy joven, marcó su vida para siempre, y aquella tarde del festival, cuando no pudo interpretar su pieza musical, no fue por olvido, se debió a que su ingenua ilusión amorosa se frustró de golpe; ese joven que a ella le gustaba se presentó en la fiesta con su novia. Desde ese día, Adriana cerró para siempre la puerta que nos permite ser felices compartiendo nuestra vida con otra persona. 


—Que sorpresa Jorge, usted por aquí —le dijo Adriana a Jorge con lo que ella pensaba que era su único atractivo, la simpatía de su rostro—.


Jorge expuso primero su excusa del envío de una carta para su primo, después de enviarla, tomó coraje y le dijo a Adriana:


—Le he traído un regalo que espero le agrade — después de decir esto, Jorge le entregó a Adriana un disco, ella quedó más que sorprendida y al ver la portada comprobó que se trataba de "Claro de Luna" — En realidad ese tema en particular le traía a Adriana un recuerdo que prefería olvidar, pero como Jorge no conocía ese hecho le agradeció el regalo diciendo:


—No era necesario este obsequio Jorge, me encanta, solo que lo podré escuchar cuando regrese a Buenos Aires, aquí no tengo tocadiscos. 


Jorge no dudó un instante, tampoco midió en las consecuencias y respondió:


—Si usted lo desea, cuando quiera puede venir a mi casa y podrá escuchar muchos otros temas clásicos. —Después de decir esto Jorge imaginó que Adriana podía tomar a mal semejante propuesta de prácticamente un extraño, y se rectificó diciendo:


—También si lo deseas puedo traer mi tocadiscos a aquí, lo subo a mi camioneta y listo. —Jorge quedó esperando una respuesta que se hizo esperar unos instantes interminables, y por fin Adriana le respondió:


—Si usted me lleva y me trae, con gusto puedo ir a su casa, pero le advierto que mi discapacidad suele causar muchas molestias para los amigos, me tienen que bajar, subir y trasladar de mi silla constantemente, y la verdad no deseo ser una carga para nadie. —después de decir esta advertencia Adriana se quedó mirando fijamente a Jorge, que pensaba para sus adentros:


—Adriana… yo sería capaz de trasladarla a usted el resto de mi vida…siempre que usted me lo permitiera. —pero solo le dijo que no significaba ninguna molesta, al contrario—


Adriana le brindó a Jorge una amplia sonrisa y después dijo:


—Lo espero el viernes a las tres de la tarde, yo preparé algo para el té. 


Después de concretar esta cita,  ambos quedaron con enormes interrogantes, él, con la idea si Adriana solo lo consideraba como un amigo amante de la música, y ella, si su condición de mujer disminuida podía agradar a un hombre como Jorge; ya había sufrido una enorme y frustrante desilusión de joven, no deseaba algo igual, ahora de grande.


Esos tres días hasta el viernes, Jorge trató de arreglar lo mejor que pudo su cabaña aunque consideraba que era una batalla perdida, la casa de un soltero y desprolijo no se puede convertir en algo respetable en solo tres días; no obstante trabajó hasta de noche, primero tiró todos los trastos viejos, después cepillo con agua y jabón los pisos y paredes, una tarde entera tardó en arreglar el viejo termo tanque para que el baño y la cocina tuvieran agua caliente, y hasta reparo cinco goteras del techo, Jorge terminaba la jornada agotado, su fiel amigo gigante lo observaba echado  desde un rincón, quizás interpretando que su amo se había vuelto loco.

El día de la cita llegó y Jorge acudió puntual al encuentro con Adriana, que dejó a una amiga a cargo del negocio. A esta altura de los acontecimientos todo el pueblo sabía de esa cita, solo restaba esperar cómo se desarrollarían las cosas. Muchos pudieron ver cómo Jorge salía del negocio con Adriana, empujando su silla de ruedas y cuando la tomó en sus brazos para sentarla en su camioneta con una suavidad enorme.

Adriana lucia un pulover de colores, pantalones y bufanda, que entonaba con su cabello negro no muy largo, despejando su cara mediante una bincha negra, y en su brazo una pequeña sesta; cuando la camioneta arrancó su amiga los saludaba desde la puerta del local.

El viaje fue muy placentero para ambos y surgieron los rumores del pueblo, Adriana le contó a Jorge que durante los tres últimos días, no menos de diez señoras se acercaron al local para disimuladamente enterarse de su amistad. A esto Jorge le comentó que sabía que su perro era más apreciado que él en el pueblo, pero que no entendían que sus gustos nada tenían que ver con la pesca o los festivales y él no podía disimularlo. 

Después de una curva del camino Adriana pudo ver el mundo de Jorge en primer plano; su cabaña con su chimenea humeante, enmarcada en un fondo de altas montañas de picos nevados, mostraba su rústica construcciones típica de la zona y su clima, con paredes de piedra y cubierta a dos aguas de chapa, a la izquierda de la pequeña galería una leñera repleta hasta el techo señal de previsión por parte de su dueño, a la derecha un arroyo, en el que se deslizaban los primeros trozos de hielo antes de congelarse todo, y el majestuoso gigante, sentado frente a la puerta observando a los recién llegados. 

Después de bajar la silla de ruedas de la caja y ubicar a Adriana en la misma, gigante se acercó corriendo y se paró frente a Adriana, después de mirarla colocó su enorme cabeza sobre su falda, cuando Adriana lo acarició varias veces pronunciando su nombre, el enorme perro si hizo a un lado y acompañó a la invitada hasta entrar moviendo su cola.

Cuando entraron, Adriana quedó sorprendida por la calidez de ese lugar, en donde no se observaba lujo alguno, pero unos sillones bien dispuestos flanqueaban a un ventanal enorme que permitía ver todo el valle, la salamandra encendida brindaba calor y su fuego sensación de hogar, gigante entró último y se acomodó en su rincón compartiendo todas las novedades.

Adriana observó el tocadiscos, junto a una estantería repleta de discos, y una pequeña biblioteca.

Jorge sentía que a su viejo hogar había ingresado una reina y él era el rey, no solo de la comarca, también del mundo entero.

La tarde transcurrió apacible, escuchando una selección de música que Jorge había preparado, que Adriana no dejaba de elogiar y comentar cada tema que comenzaba.

Ambos disfrutaban de esa tarde de música, charla, mazas, risas y té, sin darse cuenta que una copiosa nevada había comenzado y no pararía por tres días.

Cuando Adriana consideró que era hora de regresar, la nieve tenía una altura de cincuenta centímetros, esto impedía el regreso; por lo cual; lo evitable se convirtió en inevitable; Adriana y Jorge, deberían pasar la noche juntos en esa cabaña. 

Después de cenar, Adriana y Jorge tomaron café y charlaron de muchísimas cosas, el fuego de la estufa brindaba un clima muy especial en esa noche de nevada. Adriana le dijo a Jorge que estaba cansada y quería acostarse, Jorge la alzó en sus brazos y la recostó en la cama, ella le dijo que se arreglaba sola; Jorge salió de la habitación y cerró la puerta, después de cargar la estufa con leña, se acomodó en uno de los sillones y se tapó con una manta, no había pasado media hora, cuando Jorge escuchó eso que deseaba hacía muchísimo tiempo, algo que pensaba no sucedería nunca más en todo el resto de su vida, la voz de una mujer lo llamaba. 

Cuando entró en la habitación, Adriana estaba recostada y mirándolo a los ojos, le dijo:


—Jorge, no quiero estar sola en esta cama, deseo que me acompañes. 


A partir de esa primera noche juntos, la vida que siguió para Adriana y Jorge fue esa vida que ambos sabían que existía pero pensaban que no para ellos, consideraban que ser feliz no estaba en sus proyectos de vida. 

Jorge por la mañana le servía a Adriana el desayuno en la cama, y lo acompañaba con un ramito de flores silvestres; para él, atender a esa mujer, su mujer, le devolvió veinte años; ella, preparaba el almuerzo y la cena, cuando Jorge realizaba algún trabajo fuera, ella se quedaba en compañía de gigante que a estas  alturas si Adriana, no alcanzaba alguna cosa ubicada alta, comenzaba a ladrar, para que Jorge viniera en su ayuda. Para Adriana Jorge era buen mozo, fuerte y bueno, qué más podía pedir ella de un hombre; su hombre.

Ese invierno transcurrió como un sueño, incluso en dos oportunidades fueron al pueblo para que las habladurías e intrigas se convirtieran en certezas, Adriana y Jorge compartían sus vidas a plena luz del día, para que todos se enteraran, y en privado durante todas las noches.

Ese invierno estaba terminando y Jorge le había prometido a Adriana que para la primavera realizaría un cobertizo para que juntos pudieran cultivar verduras y flores. Así lo hizo, y los primeros días de septiembre, cuando estaba preparando el lugar, y colocando los primeros postes de madera comenzó a ladrar gigante que estaba con Adriana. Cuando Jorge fue a ver qué pasaba, encontró a Adriana sentada en su silla de ruedas frente al ventanal llorando. Cuando le preguntó angustiado que le pasaba, Adriana le dijo que no sabía dónde estaba y le preguntó quién era él.  


—Adriana, soy yo, Jorge, ¿qué te ocurre? —dijo Jorge preocupado, sin entender, Adriana lo seguía mirando con ojos de pánico, y continuaba llorando —


De inmediato Jorge subió a Adriana a su camioneta y la llevó al pueblo, ese viaje fue para Jorge el peor momento de toda su vida. Al llegar al hospital, un enfermero le quitó a Jorge a su Adriana y solo pudo esperar alguna novedad en la sala de espera. Al cabo de dos horas el médico de guardia se presentó ante Jorge y solo le dijo que el problema era neurológico y que debía realizar más estudios, pero en Buenos Aires.

Los quince días siguientes fueron para Jorge angustiosos; la familia de Adriana se la llevó a Buenos Aires sin considerar la relación que mantenía con él, solo obtenía las novedades del estado de salud de Adriana por intermedio de su sobrino, al cual no soportaba, pero no tenía más remedio. 

Jorge pasó esos amargos días trabajando en el cobertizo que le había prometido a ella, con la esperanza de verla nuevamente. 

Un atardecer, Jorge estaba tomando algo caliente junto a su perro y este hizo dos ladridos cortos, y un suspiro largo; a Jorge se le paralizó el alma, ese suspiro solo lo hacía gigante cuando Adriana lo acariciaba. De inmediato fue al pueblo a ver al sobrino, ya era de noche cuando el joven con lágrimas en los ojos le dio la irremediable y triste noticia; Adriana había muerto al atardecer. 

Jorge de regreso, inmerso en su amargura, solo pensaba en esos poquísimos meses, que había compartido su vida con una mujer a la que amaba con locura. 

Cuando llegó a su casa, solo lo esperaba su fiel amigo, que en esta ocasión no movió la cola, solo lo miró un instante y después como si comprendiera la fatal noticia, se echó en el rincón de siempre. 

Jorge se ahogaba de pena, le parecía que Adriana de un momento a otro, aparecería en su silla de ruedas con sus ojos luminosos y su rostro alegre. 

Lo único que pudo hacer fue acostarse y tratar de sentir el perfume de Adriana.

Después de casi dos meses, en el pueblo se preguntaban qué le pasaría a Jorge, por que no venía a buscar provisiones, fue entonces que el cura decidió ir a visitarlo. Cuando lo vio, lo encontró muy delgado pero alegre; había terminado de construir el cobertizo, en el que se observaba verde, repleto de verduras y flores. Pero no todo estaba bien, cuando Jorge invitó al cura a tomar el té, le dijo que se sentara en la pequeña mesa, que ahora venía, el cura lo observó con pesar cuando del cobertizo salió con una precaria silla de ruedas, hecha en forma artesanal, con dos ruedas de bicicleta, después la colocó en un lugar de la mesa, y del pequeño aparador sacó tres tazas de té, luego las sirvió con cuidado. Cuando el cura le preguntó cómo se encontraba Jorge dijo:


—Los dos estamos muy bien; contale Adriana —dijo Jorge con una amplia sonrisa, mirando a esa silla vacía—

—Bueno, en realidad los tres, porque gigante la quiere más a Adriana que a mí.


 FIN



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